Quizás fue que en mi cuerpo no existio
aquello que llamamos latigazos.
Solamente vi en sus manos
aquello que llamamos amor.
Por eso hoy, vengo en silencio
para no despertar su sueño.
Te doy gracias padre mio
por haberme amado tanto.
Bastaba que me mirarás
al levantarme en el alba,
y llorabas de alegría
de cuidar a tu hija amada.
Cuanto pudiera ofrecerte
desde lejos pregonarte
-Consejero fue su amor
que me regaló mi Padre-.
En la quietud de esta noche
oigo una voz junto a ti
es enviado del cielo
y me pregunto por ti.
Si me diera la esperanza
de estar juntos en el cielo
Cantaría el alma mía
currucada de tu pecho.
Mi corazón está lleno
de bendiciones de ayer,
clamo de noche y de día
por tu pronta sanación.
Autora: ©AlboradaDMujer